Vladímir Putin acaba de incorporar a Rusia, mediante pseudorreferendos, a cuatro regiones de Ucrania: Lugansk, Donetsk, Zaporiyia y Jersón. Y mientras en los salones del Kremlin se vitorea esta conquista territorial, que arrebata el mar de Azov a Ucrania, nuevamente cientos, si acaso miles, de personas buscan desesperadamente alcanzar alguna frontera y escapar de esta lógica expansionista que nos devuelve al tiempo de los imperios. Buena parte de las personas que huyen tratan de acercarse a Occidente, a las fronteras de Europa, que están prácticamente cerradas. Es una incógnita saber qué pasará en este invierno, pero de momento queremos compartir las crónicas y reportajes del proyecto Cerca de la guerra. El objetivo de esta iniciativa es contar qué pasa con las personas que huyen del conflicto, qué pasa con aquellas que todavía tiene en su memoria la crueldad de la ocupación soviética, qué pasa a nivel gubernamental, qué pasa en las fronteras o periferias de la guerra. Detrás de este esfuerzo periodístico colectivo está un equipo multidisciplinar de profesionales de Rusia, Bielorrusia, Lituania, España y Ecuador, pero también hay más de un centenar de personas que cofinanciaron este proyecto y el European Fund for Journalism in Exile que nos entregó una beca.
¡Buena lectura!





| Belén García | Dayana Rivera | Carlos Eduardo Huertas | Irene Lozano |
| Marina Valcárcel | Miguel García Lamigueiro | Rafa Panadero | Leonor Zozaya-Montes |
| Marco Vidal Gonzalez | Rocío García Rubio | Carlos Madrid | Anne Serrano |
| Emilia Conejo | Antonio Navarro | Manuela Bergerot Uncal | Dionisio Cañas |
| Katrin Rodríguez Aldanondo | Carlos Ramiro | Rocío Gayarre | Antonio Rubio |
| José Antonio Guardiola | Olga H. | José Luis Escudero Fernández | Carmen Sánchez Muñoz |
| Mireia Sentís | Gonzalo Fanjul | Carmen Oliart Delgado de Torres | Rosauro Varo |
| Antonio Ansón | Alfonso Bauluz | Manuel Madrid García | Imanol Bueno Bernaola |
| José Rey | Francisca Isabel Verge Climent | Rita Lloves | Carlos Ciprés Rallo |
| Mónica Florensa Tomasi | Familia Sánchez de León Herencia | Pablo Zulaica Parra | Soraya Suárez |
| Raquel González | Delia Muñoz | Manuel Jiménez Friaza | Luis Sanz |
| Jorge Louzao Penalva | Enrique Delso Cruchaga | Amador González | Lydia Casanova Sanjuán |
| Victoria Fernández | Xaime Fandiño | Miguel Rellán | Guagnay |
| Mercedes Serraller Calvo | Eduardo del Campo | Marta Isabel González Álvarez | Angel y Maria |
| Sergio González Ausina | Judith Prat | Javier Morales Ortiz | Matías de Diego |
| Jesús Jiménez | Amador Palacios Lopez | Raquel Blanco | Bernardino Freiría Álvarez |
| Mila&Jon | Carlos García Santa Cecilia | Isabel Colomina Ribas | María Calvo Serraller |
| Jaime Aspiunza | Eva Castillo Castillo Reyes | Pano Cino | Jm Herrera |
| Jaime Gonzalez Sanchez | Pedro de Alzaga | María Ángeles Iglesias Bello | Ana Iribar Cuartero |
| Sofía Moro | Alfonso Armada | Amelia Seraller Calvo | Saturnino Peña Solís |
| Anunchi Bremon | José Antonio Sánchez Manzano | Juan Carlos Tomasi Calleja | Carlos Yarnoz |
| Edith Rodríguez Cachera | Alejandro del Río Herrmann | Paloma | Ana María Cuéllar Baeza |
| Rocio Garau Lefler | Francisco Javier Mateu García | Susana Cruchaga | Luis Pablo Francescutti Pérez |
| Francisco José Serraller Ibáñez | Ana Isabel Nespral Méndez | José Suarez | María Jesús Lillo |
| Isaac |
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Sergio Martín
Estonia se declaró independiente del imperio zarista en 1918, pero fue ocupada por los soviéticos en 1940. El deseo de liberarse del yugo soviético empujó a parte de un país a abrazar la entrada del ejército nazi (55.000 ciudadanos se unieron a batallones del ejército alemán) hasta que la máquina del Tercer Reich implantó su política de muerte, terror y exterminio. El avance soviético en 1944 culminó en su anexión y la fundación de la república socialista dentro de la Unión Soviética. Su historia es paralela a la de sus vecinos bálticos. La del terror de Stalin y sus políticas de colectivización forzosa. En 50 años de ocupación, 75.000 ciudadanos fueron asesinados, deportados o encarcelados. Un total de 22.000 de esos nombres recorren el muro que recuerda a las víctimas del comunismo en Estonia.
El deshielo de Jrushchov (1956 y 1964) y el auge del movimiento independentista en la agonía de un imperio durante la Perestroika de Gorbachov, dieron paso a un nuevo país. A diferencia de Letonia o Lituania, la independencia estonia tuvo la melodía de las canciones en lugar del ruido de las protestas y represión. El festival de la canción que se celebró en 1988 reunió a 300.000 personas para entonar canciones patrióticas dando origen a la “Revolución cantada”. Los movimientos ciudadanos y políticos de independencia culminaron en un referéndum de independencia que apoyó el 78% de los ciudadanos. Entre ellos, votó a favor el último Secretario general del partido comunista de la república socialista, Vaino Väljas. Mientras en Moscú, un golpe de Estado buscaba derrocar a Gorbachov, el parlamento de Estonia proclamó la independencia de su república el 20 de agosto de 1991.
Tallin, la capital estonia, una virguería medieval que tiene un gran llamamiento turístico, mantiene la memoria de un pasado ocupado. El hotel Viru guarda en su piso 23 los aparatos que la KGB abandonó en 1991. Más tétrico es la antigua prisión de la KGB, con celdas minúsculas y paredes frías que recuerdan interrogatorios tortuosos para que el turista no olvide, que en la belleza medieval se escondía el control tenebroso del espionaje soviético. Y un cementerio de monumentos de la gloria soviética se esconden en la parte trasera del Museo Nacional de Estonia.
En el debate que se ha iniciado en la política báltica desde el inicio de la invasión rusa a Ucrania, la primera ministra, Kaja Kallas fue categórica: “No permitiremos a Rusia utilizar su pasado para perturbar la paz de Estonia”. Más adelante, el 26 de agosto, mientras la funcionaria exigía el cierre total de las fronteras, declaró: “Los ciudadanos rusos deben pagar un precio por la guerra en Ucrania”.
Las declaraciones hacen mella en el 24% de la población de Estonia que es de origen ruso y rusoparlante. El pasado 6 de junio, el Consejo Europeo recomendaba a Estonia mejorar la integración de sus minorías étnicas, entre ellas la rusa, subrayando la brecha entre el sistema educativo impartido en lengua estonia y la rusa. Pero el rechazo de la población local a lo ruso es evidente. La embajada rusa en Tallin está repleta de carteles que señalan las matanzas rusas en Ucrania. Entre ellas, un cartel con dibujos de un grupo de gatos con pajarita amarilla y azul y que reza: “Todos mis amigos están muertos”.
Sergio Martín
Lituania siempre estuvo a la sombra de alguna potencia. Primero fue parte de una mancomunidad con Polonia, que llegó a tener un millón de kilómetros cuadrados, y luego fue parte de la Rusia zarista en 1795. El país báltico por eso considera que su primera independencia fue el 16 de febrero de 1918, tras la Gran Guerra, cuando cayó el imperio ruso.
La nueva república, sin embargo, pronto perdió a Vilna, que estuvo en manos de Polonia durante todo el período de entreguerras. La ciudad fue liberada por Rusia en 1939, una vez que los rusos y los alemanes se repartieron Europa del Este. De allí la famosa frase que repiten los lituanos hasta hoy: “Vilna es nuestra y nosotros de los soviéticos”.
La ocupación soviética de Lituania inició 1939 y fue interrumpida por la invasión nazi en 1941 que duró hasta 1945. Tras la derrota de Alemania y el fin de la Segunda Guerra Mundial, Lituania pasó a ser una de las repúblicas socialistas que conformaron la Unión Soviética y empezó la dictadura de Iósif Stalin.
En la construcción de la memoria y de la identidad lituana, el país cuenta a las víctimas de un sistema cruel. La deportación de 25.000 personas, durante la política de colectivización de marzo de 1949, fue especialmente traumática para un pueblo lituano predominantemente agrario. La lucha guerrillera de 20.000 partisanos, llamados ‘Los hermanos del bosque’, que ejercieron una resistencia durante diez años en la espesura del verde lituano. Los 1.651 intelectuales que fueron detenidos o asesinados entre 1944-1953, en el período de homogeneización cultural impuesto por el dictador georgiano.
Tras la muerte de Stalin, la política aperturista de Nikita Jrushchov a nivel económico, cultural o religioso no minó el deseo de la sociedad de conseguir su independencia. La lucha por las libertades religiosas, siendo Lituania el único país católico de la esfera soviética, llevó a miles de lituanos a las calles entre 1970 y 1972. El 14 de mayo de 1972, Romas Kalantas se roció en la ciudad de Kaunas tres litros de gasolina y se prendió fuego hasta su muerte. Este hecho, que encendió la mecha de las protestas, fue el germen del Movimiento Reformista de Lituania, Sąjūdi. El régimen soviético fue incapaz de controlar a la sociedad lituana.
Sajudis obtuvo 36 escaños en 1989 en el congreso de diputados de pueblos de la ex URSS y se convirtió en el brazo político que lideró la independencia. El partido comunista lituano se separa de Moscú y en octubre de 1990 la mayoría del soviet supremo declaró la independencia de la nación. Mijaíl Gorbachov, que había declarado un bloqueo económico, ordenó un último intento de evitar el desmembramiento. Tanques y grupos armados ocuparon edificios oficiales y la torre de la televisión de Vilna entre el 11 y el 13 de enero de 1991. En las barricadas que rodeaban el centro de radiodifusión, catorce civiles murieron por la fuerza rusa. La independencia de Lituania fue reconocida por Moscú el 6 de septiembre de 1991.
En 1993, cuando el último soldado soviético abandonó el país y ese mismo año el antiguo secretario del Partido Comunista, Algirdas Brazauskas, llegó a la presidencia con el 60% de los votos, representando al Partido Democrático Laborista.
Desde 1993, Lituania ha abrazado los valores democráticos hasta que en el 2004 se unió a la OTAN y a la Unión Europea.
Sergio Martín
El estadio de la capital de Finlandia, Helsinki, mantiene los anillos de los primeros Juegos Olímpicos en los que participó la Unión Soviética en 1952. Para entonces, Finlandia había sobrevivido a la avaricia de su vecino para escribir la historia de un país soberano.
Finlandia se proclamó como república independiente del imperio zarista en 1917. La borrachera imperialista de Stalin terminó con una invasión del país finlandés que ofreció resistencia durante el invierno de 1939. Al término de la Segunda Guerra Mundial, Finlandia salió de la mesa de las repúblicas socialistas bajo el precio de la neutralidad, además del pago de fuertes reparaciones de guerra de 300 millones de dólares que terminó de pagar el año que la llama olímpica alumbraba el cielo gris de Helsinki.
Los siguientes 25 años tuvieron como protagonista del tablero geopolítico la gruesa montura negra de Urho K. Kekkonen, primer ministro y presidente del país desde 1956 a 1981. Su política exterior fue un ejercicio de equilibrismo en el dogma de la doctrina Paasiviki-Kekkone, vigente hasta el colapso soviético de 1992. Un acuerdo de amistad con la Unión Soviética en que los finlandeses mantienen su soberanía sin irritar a su vecino con el que comparten 1.340 kilómetros de frontera.
Finlandia sacrificó piezas en el tablero geopolítico de la Guerra Fría: un acuerdo de asistencia militar entre los dos país que mantenía de facto a Finlandia fuera de la OTAN, la existencia de bases militares rusas en el territorio finés o una prensa con libertad de opinión pero autocensura que no emitía opiniones desfavorables al régimen soviético. Esta política, también llamada “filandización”, volvió a la primera plana como posible alternativa de Ucrania ante la agresión rusa. En Finlandia, la invasión dio un giro radical a su histórico equilibrismo y solicitó su adhesión formal a la OTAN el pasado 18 de mayo. Sus fronteras ya no son neutrales. El 30 de septiembre cerró la última puerta de los ciudadanos rusos a la Unión Europa con cierre de sus fronteras, incluso con visado turista del espacio Schengen. El 3 de octubre, la primera ministra, Sanna Marin, se mostró favorable a levantar una valla parcial sobre 220 kilómetros de línea fronteriza con Rusia. Ante la posibilidad de que una hipotética valla fronteriza eleve la tensión con el Kremlin, su primera ministra declaró: «Europa está en guerra. No puedes meterte en una situación mucho más tensa que esta”.
Los finlandeses llevan cuatro años siendo más felices que nadie según un ranking, elaborado por la ONU, no exento de críticas. La revista “The economist” la situó en el tercer puesto en el índice de democracia. Los datos macroeconómicos reflejan condiciones para una alta calidad de vida: un estado de bienestar solvente, un sueldo medio de 47.915 euros o un sistema educativo gratuito e igualitario en todos los niveles y resultados que la sitúa en la cabeza europea según el Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes (PISA).
Los finlandeses están en las posiciones más altas en la práctica de actividades físicas y deportivas. En Helsinki, una capital de edificios robustos y colores apagados con ventanas desnudas de flores o plantas, muchos ciudadanos acuden hacer deporte instalaciones alrededor del primer estadio olímpico que vio desfilar a la Unión Soviética.
Ángela Rodríguez Verge
Las huellas rumanas y rusas en el actual territorio moldavo son históricamente muy fuertes, pero no han sido las únicas, y las fronteras de la actual Moldavia han fluctuado mucho. Moldavia es un país multilingüe y multiétnico que limita con Ucrania y Rumanía. Aunque los moldavos representan el 75% de la población, hay otras minorías importantes, como ucranianos, gagaúzos, rusos, búlgaros y romaníes. El rumano es la lengua oficial, pero el ruso sigue siendo el segundo idioma más utilizado.
Para entender su compleja historia reciente hay que familiarizarse con el territorio de Besarabia, que es como el Imperio ruso llamó a la parte oriental del principado de Moldavia (sin Transnistria) y parte de Ucrania, y que Rusia le arrebató en 1812 al Imperio Otomano. Durante mucho tiempo esta zona estuvo bajo la órbita rumana.
Cuando en 1922 nace la Unión Soviética, el gobierno soviético estableció la República Autónoma Socialista de Moldavia en el territorio al este del río Dniéster, dentro de la República Socialista Soviética de Ucrania. En solo siete meses se convertiría en la República Socialista Autónoma de Moldavia y en 1929 su capital pasó a ser Tiráspol.
Ya inmersos en la Segunda Guerra Mundial, con el tratado Ribbentrop-Mólotov firmado en 1939, se establecieron las respectivas zonas de influencia para la URSS y el III Reich alemán. La Unión Soviética invadió los territorios rumanos de Besarabia y el norte de Bucovina entre junio y julio de 1940, algo que nunca reconoció Rumanía. El 2 de agosto de 1940 quedó proclamada la República Socialista Soviética de Moldavia y la región de Transnistria, en la orilla del río Dniéster, fue transferida a la nueva república.
Pero las cosas cambiarían en poco tiempo. En 1941, dentro de la operación Barbarroja (nombre clave para la tentativa de invasión a la Unión Soviética por parte de la Alemania nazi y algunos de sus aliados), Rumania, entonces aliada con Alemania, reconquistó el territorio. La historia giró nuevamente cuando en 1944 Transnistria fue recuperada por los soviets. El ejército soviético volvió a hacerse con Besarabia y Bucovina y en 1947 se firmó un tratado de paz que fijaba la frontera soviético-rumana en el río Prut.
La URSS mantuvo una férrea política de “desnacionalización” de la población, limitando el uso de la lengua rumana y reprimiendo los contactos con Rumanía. Durante este período, el desarrollo industrial se focalizaba en Transnistria y la agricultura en Besarabia.
En 1991 la URSS se desmoronaría, pero desde años antes ya se habían fraguado en el territorio grupos políticos y culturales independientes. Las primeras elecciones democráticas en la República Socialista Soviética Moldava se celebraron en 1990. Ganó
el Frente Popular y el excomunista Mircea Snegur se convirtió en presidente de la República. En mayo de 1991, el nombre oficial del país se cambió por República de Moldavia y cuatro meses más tarde, el país consiguió el reconocimiento formal como estado independiente por la Naciones Unidas.
En este proceso de independencia hubo, además, dos escisiones internas: en agosto de 1990 se declaró una república separada denominada Gagauz-Yeri (República de Gagauz) pero en 1994, el Parlamento de la República de Moldavia aceptó la Ley de la
condición jurídica especial de Gagauzia por la que se creaba una «unidad autónoma territorial-nacional». En septiembre de 1990 otra parte del territorio quiso caminar sola: los habitantes de la orilla este del río Dniéster proclamaron la República Socialista
Soviética Moldava Pridnestroviana (Transnitria en rumano), con capital en Tiráspol. Un año después hubo una breve guerra entre las fuerzas moldavas y los separatistas de Transnistria que concluyó con un cese el fuego. La solución fue establecer una zona de
seguridad, donde se instalaría una fuerza de mantenimiento de paz rusa.
Actualmente, Moldavia es uno de los países más pobres de Europa, con una inflación del 29,3% a finales de 2022. Su frágil economía y la invasión de Ucrania han acelerado los intentos de adhesión a la UE, en los que se lleva años trabajando. En junio de 2022 la UE concedió a Ucrania y a Moldavia el estatus de candidatos a la adhesión, pero los moldavos saben bien que hasta que el gobierno no controle todas las fronteras del país, algo que ahora mismo no sucede, esto no podrá ser una realidad.
Sergio Martín
En la Europa de los imperios, Bielorrusia formó parte de Polonia y del Gran Ducado de Lituania hasta 1795. Luego fue el turno de la Rusia zarista, hasta que la caída del imperio de los Romanov precipitó la declaración de independencia de 1918. Diez meses después, el ejército rojo establece la Repúblicas Socialista Soviética Lituano-Bielorrusia, fruto de la anexión rusa del país báltico. La guerra ruso-polaca volvió a mover las fronteras y la parte occidental del país se anexionó a Polonia. El territorio bielorruso que quedó bajo la órbita bolchevique firmó junto a Rusia, Transcaucasia y Ucrania el tratado fundacional de la URSS en 1922.
La Segunda Guerra Mundial, restablece las fronteras. El país, invadido por Alemania en 1941, fue la puerta de acceso para que el inicio de la Operación Barbaroja, que buscaba la ocupación de Rusia. En la nueva Europa que surgió en 1945, Bielorrusia, que perdió a casi tres millones de ciudadanos en la contienda, pasó de nuevo a ser una República socialista integrada en la Unión Soviética. Durante este período, el terror stalinista actuó con crueldad. El bosque de Kuropaty, cercano a la capital, Minsk, fue el lugar donde el dictador ejerció su macabra política de exterminio. La NKVD, germen de la KGB, asesinó entre 1941 y 1944 a centenares de ciudadanos opositores dejando un paisaje en el subsuelo de huesos y cráneos perforados arrojados en fosas comunes.
La política de sovietización de Stalin tuvo en Bielorrusia uno de los mayores exponentes. Buscando un aislamiento de occidente, el dictador limitó el idioma y cultura, dando paso a una rusificación que se acentuó con la presencia de dirigentes provenientes de Moscú. La influencia de Moscú se mantuvo hasta la caída de la Unión Soviética en 1991.
El desmembramiento del gigante soviético precipitó la creación de la República de Belarús. Bajo el liderazgo de Stanislav Shushkévich, el país avanzó en su soberanía. El político reformista selló su destino en la historia el 8 de diciembre de 1991 cuando firmó, junto a los presidentes de Rusia y Ucrania, el documento que oficialmente disolvía la Unión Soviética. El mandatorio, que inició políticas económicas y políticas cercanas al bloque occidental, estuvo en el poder hasta 1994. Fue depuesto por el Parlamento entre investigaciones de corrupción. El presidente de la comisión era un fiel servidor del comunismo de origen humilde llamado Alexander Lukashenko.
Lukashenko ganó las primeras elecciones presidenciales que se celebraron en la República. En su ideario político, restablecer la Unión Soviética. Fue uno de los pocos miembros de Parlamento que votó no a la ruptura de la URSS. El 8 de diciembre de 1999 firma junto a Yeltsin el Tratado de la Unión que establecía que los dos países pretendían integrarse en un estado confederado similar a la URSS. Mantuvo una política económica planificada y reforzó los poderes unipersonales en los referéndums en 1994 y 1995, todos bajo sospecha de amaño. El “último dictador de Europa” como lo bautizó el presidente norteamericano, George W. Bush, lleva 26 años perpetuado en el poder.
El dirigente vio peligrar su autocracia en agosto del 2020, en plena pandemia. Unas elecciones que la Unión Europea no reconoció por no haber sido justas y libres, dió, según el Gobierno, un masivo apoyo a Lukashenko ante una candidatura unificada liderada por Svetlana Tijanóvskaya. Los resultados generaron una oleada de protestas y represión. Según un informe del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de Naciones Unidas, durante los meses posteriores a las protestas se realizaron detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas bajo el uso de la violencia, se bloqueó la Red, acontecieron juicios sin garantías y se documentaron torturas y violencia sexual a los detenidos. El número de presos políticos se calculó en 650 y el exilio fue la opción forzada para la oposición política, activistas, intelectuales o periodistas.
El acercamiento a Putin también ha sido evidente. El residente ofreció su territorio como lanzadera para que el ejército ruso invadiera al norte de Ucrania, ha cedido su espacio aéreo para le disparo de misiles y ha desplegado unidades militares junto a Rusia, siempre dentro de su territorio. El país mantiene una economía estatalizada, el ruso se enseña como segunda lengua y la KGB mantiene su nombre.
Lukashenko nunca ha ocultado su nostalgia por la URSS:
—“Lenin creó un estado y Stalin lo consolidó. Me queda mucho que andar para alcanzarles”— declaró en 2012.
Sergio Martín
El país báltico estuvo en la órbita del imperialismo ruso desde el siglo XVIII hasta que la resaca de la Gran Guerra consumó su independencia como país, el 18 de noviembre de 1918. Fue ocupado por los soviéticos en 1939, tras el pacto de no agresión entre Hitler y Stalin y cambió a manos alemanas en 1941, ante el avance del Tercer Reich. La victoria del Ejército Rojo en 1945 y la declaración de República Socialista de Letonia como parte de la Unión Soviética iniciaron 50 años de ocupación soviética.
La historia de cómo Rusia y Alemania se repartieron Europa del Este se cuenta en el Museo de la Ocupación, un edificio en el centro de Riga en forma de cubo. En su recorrido interactivo se honra a los ciudadanos letones que fueron asesinados, perseguidos y deportados.
Los siguientes 25 años tuvieron como protagonista del tablero geopolítico la gruesa montura negra de Urho K. Kekkonen, primer ministro y presidente del país desde 1956 a 1981. Su política exterior fue un ejercicio de equilibrismo en el dogma de la doctrina Paasiviki-Kekkone, vigente hasta el colapso soviético de 1992. Un acuerdo de amistad con la Unión Soviética en que los finlandeses mantienen su soberanía sin irritar a su vecino con el que comparten 1.340 kilómetros de frontera.
Fruto de las políticas de colectivización forzosa de Stalin, uno de los episodios más negros se produjo el 25 de marzo de 1949. Unos 42.000 letones fueron deportados (alrededor de un 30% fueron niños y mujeres) de zonas rurales a lugares remotos de la Unión Soviética donde les esperaban hambre, frío y trabajos forzados. Se inicia un proceso de rusificación caracterizado por la limitación de lengua letona en medios oficiales, control educativo y cultural y el traslado de rusos a Letonia para repoblar un país.
El proceso de desestalinización de 1956 trajo de vuelta a unos 30.000 ciudadanos y desveló la cruel política de deportaciones que más tarde fue reconocida como un crimen contra la humanidad por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Durante este período, liderado por Nikita Jrushchov, hubo mayor independencia de la Unión Soviética, se permitió la coexistencia del letón como idioma oficial, pero el control siguió hasta la independencia final.
La Perestroika de Mijaíl Gorbachov trajo un aumento paulatino del movimiento independentista letón paralelo a la apertura económica y autonomía otorgado por el Kremlin. Los años 1990 y 1991 fueron vertiginosos. Se declaró la anexión soviética nula y que la independencia no debía seguir el proceso de la Constitución soviética. Moscú hizo un último intento de deponer al nuevo gobierno letón con un referéndum, pero esto solo reafirmó la independencia que finalmente se declaró el 21 de agosto de 1991. Dos días después, el último secretario general del Partido comunista letón, Alfred Rubiks, fue detenido.
Ese mismo agosto, la KGB, el servicio de espionaje soviético, abandonó el país. La casa de la esquina, un edificio Art noveau en el centro de la capital, es hoy un sombrío recordatorio de lo que sucedió en esos muros. Uno de los últimos presos, Leo Hirssons, declaró en un documental a la BBC que tras ser liberado fue al monumento que Letonia irguió al independizarse del imperio zarista a celebrar la segunda independencia de su país: “Fui al monumento de la libertad y la gente tenía estrellas en los ojos, era feliz”.
Letonia hoy en día es el país con más apátridas de Europa. Tras la independencia, el gobierno no facilitó la ciudadanía a los rusos salvo aquellos que estaban en el país antes de 1940.








